Hoy es mi primer día de trabajo y tengo gran interés en ser eficiente y correcta. Me siento en la butaca asignada y con mirada gloriosa contemplo la oficina.
Voy a escribir mi primer mensaje cuando mi mano resbala y cae sobre el teclado. Mi dedo meñique se encaja entre la A y la S. Intento sacarlo tirando de la mano violentamente primero, suavemente después... inútilmente, me agacho y horror... mi collar de cuentas de cerámica se engancha entre la P y la O, Y así me quedo en una posición ridícula que tengo que enmendar disimuladamente antes de que entre el jefe. Sigo tirando del meñique y doy pequeños golpecitos a la P para que suelte el collar. Me agacho y me estiro, me agacho y me estiro lentamente al tiempo que aprieto y aflojo la A para soltar el dedo... levanto la cabeza y veo asustada que mi compañero de despacho se ha acomodado para contemplarme y con voz profunda e impersonal pregunta si "estoy bien". Sonrío histérica sin entender claramente lo que ha dicho, mi situación me está llevando al paroxismo.
Me duelen las muelas, me zumban los oídos, me hago "pis"... tengo que hacer algo. Pienso en suicidarme antes que llegue el jefe pero en la mesa únicamente hay un abanico "made in China" y no creo que sea el arma adecuada para quitarse la vida. Desecho ese pensamiento y miro el fax. Si pudiera "mandarme" por él a Constantinopla lo haría de inmediato pero estoy pasada de peso.
Sigo agachándome y estirándome, agachándome y estirándome; arrancándome el dedo. Estoy a punto de desmayarme y mi compañero me trae un café para calmarme. Sin atinar a nada meto mis dedos en la taza, después, abrasada, me agarro a lo primero que encuentro: el enchufe del fax; me da tremendo calambre que me hace estirarme para atrás en la butaca con lo que el collar sale de la P regando las cuentas por todas partes.
Pienso que es buena idea otro calambre por la A del meñique y vuelvo a mojar en el café la mano derecha antes de ponerla en el enchufe... siento pequeños calambritos que me producen unas cosquillitas en el estómago y me provocan unas risitas nerviosas y entrecortadas. La electricidad contínua está poniendo mis cabellos de punta, mis labios tienen un color violeta oscuro y mi piel está verde...
Junto al meñique hay un charco de sangre; bajo la butaca otro charquito. Mi compañero al verme en ese estado deplorable se acerca a mi mesa y empieza a tirar de mi dedo, con lo que sólo consigue arrastrar el teclado y caer conmigo al suelo mientras grito desgarradoramente. En ese mismo instante entra el jefe. Antes de resbalar a la salida con una cuenta del collar que estaba por el suelo, le da tiempo a despedirnos a los dos por falta de moralidad. Mi compañero sin entender nada, tomó un trago de mi café donde habían caído más cuentas del collar.
Mi jefe lleva tres días en terapia intensiva con fractura de la columna y perplejidad cerebral; mi compañero, después del ahogo, jura que nunca jamás llevará a la oficina collares; sólo zarcillos y pestañas postizas.
Yo, después de tres meses, no he encontrado trabajo.
¿Quién contrataría a una joven verde, con labios negros y un teclado colgado del dedo meñique?
Tiene razón mi madre: soy un poco nerviosa.
CEBOLLAS ESCARCHADAS
Canturreaba en la cocina, feliz. Era de ese tipo de mujeres que son felices con cualquier cosa: un marido mediocre, una sartén antiadherente y una salsa "di pomodoro" importada de italia... ese tipo de féminas son gloria divina para los hombres: no piden nada.
Había preparado para el almuerzo raspaduras de alicáncano en salsa Mornay y cebollas escarchadas en tomate. Faltaba sólo el tomate; se dirigió a la nevera y la abrió, tomó la "salsa di pomodoro" y, al cerrar la puerta, resbaló con una cáscara de cebolla. La botella que llevaba en la mano se abrió y todo el contenido cayó sobre el pecho de Gloria escurriéndose por todo el delantal hasta llegar al suelo. En ese instante oyó el ruido de la llave de Ángel en la cerradura de la puerta y, tirándose al suelo, se hizo la "muertica" para dar una broma al marido.
¡YA LLEGUÉ! dijo el marido. Ninguna respuesta. Más alto: ¡YA LLEGUÉ! entró en la cocina... los hombres son tan obtusos que sólo se guían por la primera impresión. Gloria en el suelo... "GLORIA IN EXCELSIS DEI, ¡GLORIA PATRI E FILIO! ¡GLORIA E MORTA!... hasta aquí llegó, ella abría tres pestañas del ojo derecho y cinco del izquierdo para observar divertida a su Ángel... amándola tanto, y vio como salía raudo como una centella y volvía como idem con una pistola.
No le dio tiempo de incorporarse... oyó un disparo y vio como Ángel resbalaba con el tomate del suelo, y caía pesadamente, no sin antes soltar un "taco" gordísimo. Ella se incorporó de un brinco y acercó su oído al pecho de Angel para oír sus latidos, con lo que llenó de salsa su cara y su camisa azul de cuello blanco. Antes de que pudiera meditar sobre las implicaciones de hacer unas "cebollas escarchadas", sintió un patadón en la puerta y vio entrar al comisario Milton, vecino de abajo que había oído el disparo.
El comisario empezó a interrogar a la mujer sobre el crimen horrendo pero ella sólo balbuceaba, señalándose el pecho: toma... cebo...toma... el comisario se impacientaba sin conseguir sacarle información. Gloria se mesaba los cabellos, se mordía la lengua, crispaba las manos...pero nada. Al ver que él no entendía, y para ser más gráfica, tomó el pote de la salsa y se lo zumbó encima al comisario... ¡¡craso error!!! la mujer había arruinado el traje de Milton y éste, sin pensarlo dos veces, la tomó por el cuello y la zarandeó hasta que cayeron los dos por el suelo, revolcándose, mientras las cebollas escarchadas empezaban a quemarse con una humareda y un olor a infierno.
El marido volvió en sí de golpe, pues la pistola cayó al suelo, y al ver a ese hombre apretando el cuello de su Gloria.....: ¡ COMO ME LLAMO ANGEL QUE TE VOY A ACABAR ! e intentó incorporarse. Vano esfuerzo; resbaló, tropezó con los otros dos, se abrazaban y se repelían, se mordían unos a otros, sin saber exacta mente cual era la razón de toda esa porquería, pero todos con la misma idea: levantarse.
La conserje, que notó un ruidito sospechoso en el primero derecha, subió y miró por la cerradura: a punto estuvo de morir patidifusa. Bajó por la escalera montada en el pasamanos para mayor rapidez, y sin pérdida de tiempo llamó al grupo BAE, al Ejercito de Salvación, a los bomberos y, por si acaso, al Episcopado. En menos de tres minutos.... y dos horas, allí estaban todos, las cámaras de "telebirria" y "birriavisión" grababan metros y metros, mientras el locutor informaba a la teleaudiencia la versión de la testigo ocular: LA CONSERJE: "En el apartamento 1-B cayó un Ángel de la Gloria, siendo interceptado por un aguerrido ciudadano que, pensando que era otro error de la OTAN, quiso salvar a una ciudadana heróica".
Milton al fin entendió todo y está avergonzado y enconchado en su casa hasta que pueda ahorrar para hacerse otro traje. A la conserje la han contratado en "El país de las mujeres" ¿y Angel y Gloria? ¿él? se fué a la nevera y se comió un pan con mantequilla. Es lo que hacía todos los días, pues Gloria como habrán visto no es muy buena en el arte culinario. ¿y las raspaduras de alicáncano en salsa Mornay? Esas se las comieron los muchachos del Ejército de Salvación y los camarógrafos.
Gloria ha jurado por las cenizas de su abuela no volver a guisar. Desde el miércoles irán a comer a casa de su suegra.
Por fin podrá comprarse el abrigo de "Martas Cibelinas" y llevarlo a Barlovento para dar envidia a esas " pobretonas" .
APOCALIPSIS A LAS TRES P.M.
Fué a incorporarse de la cama después de la siesta y notó que estaba la habitación a oscuras. Apretó el interruptor de la luz de la mesa de noche mas no prendió. La luz, ¿estaba cortada? Serán las tres de la tarde... ¿cómo está tan oscuro?
Tanteando llegó hasta la puerta. Debía llegar al piso inferior para hablar con alguien e informarse, tropezó con algo en el suelo, se agachó, se volteó y perdió la orientación. Ya no sabía si iba o venía, perdió el contacto con la pared. Arrastrando los pies para tantear iba avanzando... ¿hacia donde? Pronto se dio cuenta: rodó por las escaleras sin poder agarrarse a algo por la oscuridad reinante. Le dolían las muñecas, la cabeza... mas sobre todo las piernas: ¡Ay, Dios Bendito! ¡me partí las piernas! Tranquilo Alejandro, tranquilo, organiza tus pensamientos: ¿Qué cataclismo ha tenido que haber para que a esta hora de la tarde haya esta negrura, no haya luz, reine este silencio?
Se arrastró por el suelo apoyado en las manos, llevando colgando las dos "patas traseras", inertes, perdidas. Se dijo: si estoy al pie de la escalera, debo contar 20 pasos hasta la puerta de salida, mas no es lo mismo una pisada en pie a un paso tumbado así que volvió a caer rodando por las escaleras al jardín; de allí a la calle 30 pasos. Dio 20 al frente, tropezó con algo, 9 a la derecha y se dio con un muro, 14 a la izquierda, con un peñasco ¡Madre mía de la Soledad! Oyó que alguien susurraba algo y escuchó: ¿Qué idioma hablaban? perdió la noción del tiempo y del espacio.
Llevaba como tres horas arrastrándose como una perra atropellada... ¿Dónde estaba en ese momento? ¿En Flushing, en California, en el Estado Miranda? ¡Ay , mi Dios! estaba cansado, sediento, horrorizado, el cuerpo le temblaba, le castañeteaban los dientes y estaba en un estado tal de desamparo que iba perdiendo la memoria. ¿Quién era él?, ¿Qué hacia allí?. ¿Cual era su lengua madre? Le daba lo mismo que fuera la madre que la padre pues no podía balbucear ni una palabra; prestó atención a los ruidos circundantes, cerca de él algo grande se arrastraba y pensó ¡Madre del Amor Hermoso! estoy en el Amazonas, lo que oigo son serpientes, tremendas serpientes dispuestas a atacarme, a terminar conmigo... y empezó a sollozar con tal dolor y tristeza que aquel "hombrazo" partía el alma.
A su alrededor correteaba "Cuqui"; jugaba con Alejandro sin que éste pudiera verle, le mordía los tobillos, le tiraba del pijama, le hacía añicos las mangas y los pantalones, levantaba de vez en cuando la pata y le hacía un "pis" en los hombros, en las rodillas, en la cara, para llamar su atención, pero el hombre estaba con los "tiempos perdidos" pensando que había ocurrido el Apocalipsis y él, por dormir se lo había perdido. Le daba lo mismo pensar una cosa que otra, ¡total!. Así que no se dio cuenta de que podía estirar una pierna. La otra todavía estaba "tontita"; Virgen de la Candelaria, pensó.
¿Seré gallego para que me ocurran estas cosas? Llegó a pensar que había sido una nave espacial la que había traído la oscuridad al mundo.
Cuqui le lameteaba la cara, le escupeteaba, le arrancaba la ropa. Daba asco ver al amo; asco y compasión; era una total miasma. En una de esas mañas, Cuqui saltó más alto, aburrido de ese juego y le arrancó a Alejandro el "tapaojos" de la siesta que no se había quitado. El sol lo deslumbró y se quedó totalmente aturrullado cuando se vio en ese estado de "desnaturalización temporal". Estaba al borde de la acera, frente al jardín de su casa, ahí mismito en el Country, Country Club. Miró al suelo avergonzado y vio a sus pies un montón de billeticos de curso legal que las "culebras" le tiraban de pura compasión: en total 26.305
Se puso en pie con las dos patas y entró en la mansión. Le dio la platica a la cocinera para descontar de los tres meses que le debía. Subió a su alcoba, dobló cuidadosamente el pijama nauseabundo y le dijo al mayordomo: mañana te pago la semana atrasada, hoy es miércoles, mañana jueves a las tres volveré a arrastrarme hasta la acera, volveré a trabajar, pero sin tanta angustia.
Después de todo hacía años que era un "parao".
El mayordomo comentó con la cocinera: estos ricos , inventan cada deporte... la cocinera preparó un jugo de fruticas tropicales con un buen lingotazo de ron y lo tomó de un golpe.
¡Da gusto vivir con gente fina como mi amo! y se fué a echar una siesta.
Hay que reconocer que los pobres vivimos con menos esfuerzo.
EL CALAMAR
Yo pinto, no pinto mucho pero pinto.
Ayer me ocurrió algo, digamos... sobrenatural. Estaba pintando una flor y me salió un calamar. Veamos... ¿o estaba pintando un calamar y me salió una flor?. No, no, salió un calamar, yo lo vi con estos dos ojitos que se ha de tragar la tierra.
Me quedé mirando sus ojos, sus tentáculos, sus ventosas tan formaditas, cuando sentí en el lienzo un leve movimiento, debió leer mi pensamiento; "calamares en su tinta", porque abrió no se que válvula y salió del cuadro un chorro negro y viscoso que cubrió mi cara entera. Yo no podía creer lo que no veía, porque ver no veía nada. Allá estaba el calamar moviendo sus paticas y yo sin hacer nada, sin manifestar mi estupor pues lo que ocurría era tan irreal que si me manifestaba crédulo podía pasar por loco.
Tomé un pincel e intenté pintarle pétalos amarillos al calamar, mas éste se sacudió llenándome los cachetes con pinticas amarillas sobre la tinta negra. En ese instante llamó a mi puerta Melanie Griffith pidiéndome ¡¡AZUUUCAR!!... al verme con esa "pinta"... ¿que pintas? ... yo le dije: un calamar; ¿qué otra cosa podía decir si estaba enfrente del cuadro? Ella sonrió y con una voz que me deshizo 300 neuronas de pasión ripostó: esa flor amarilla está hermosa. Yo di un salto y me puse a tres centímetros de la pintura. Era una flor amarilla hermosa pero en el centro, entre las semillitas, yo vi unos ojos que me dieron escalofríos por toda la columna cerebral, ¿cerebral?, ¿dorsal?, vertebral. Ella, mi amiga, también me miraba y con una sonrisa sardónica me dijo ¿Cuándo me invitas a calamares fritos?
Nada más salir mi amiga Melanie, el calamar me escupió otro tintazo. ¿No es sobrenatural? No entiendo nada, nada, nada. Tengo en mi salón un cuadro con fondo bien negro y en medio una gran flor amarilla. De reojo miro siempre al pasar el fondo de las semillitas porque sé, a ciencia cierta que si me acerco más, veré allí los ojos siniestros del calamar.
No sé por qué me tienen sujetos los brazos con una camisa que llaman de "fuerza".
¿Cómo pretenden que en esta posición siga pintando?
ANOCHE SOÑE CONMIGO...
Anoche soñé conmigo. Un sueño bastante extraño, como los que yo suelo tener.
Era un hombre hermoso, moreno, fornido, con un bello bigote.... ¿de qué estilo? no sé, así, grandote y alborotado. Me encontraba paseando por el jardín del hotel donde vivo. La dueña de la casa reposaba en una tumbona fingiendo que dormía, pero por el rabillo del ojo observaba mis pasos varoniles y majestuosos. Fingía yo también que cavilaba y miraba hacia el suelo... al pasar junto a ella... ¡ zas ! me tomó de una mano y sin explicación alguna me sentó en sus rodillas.
Yo sentí un escalofrío en mis tobillos y arqueé mi espalda para que ella no notara el ruido de mi corazón que latía a 2000 revoluciones por minuto, y acerqué mi boca a su oído y susurré algo que ni yo mismo entendí. Posé mi mano en su hombro y mi cabeza sobre su terso cuello... el perfume que ella llevaba me hizo estornudar dos veces.. y una tercera vez y una cuarta.... Yo estaba sintiéndome ridículo pero ella reía y reía y acariciaba mis manos... y volvía a reír y yo a estornudar...
"Vamos a darnos un baño en la piscina para que se te quite esa alergia" y comenzó a caminar. Yo la seguía... mi andar majestuoso había desaparecido. Aún en sueños recordé esa cosa insignificante que soy, catire y deslavado, no sabía nadar y temí el segundo ridículo. Empecé a huir corriendo alrededor de la piscina, ella gordita y juguetona y además cincuentona; resoplando corrió tras de mí y llamaba a los otros huéspedes para me atraparan. No pudo soportar que yo la despreciara. Pensaba yo cómo librarme de esa jauría histérica y no vi otra salida que tirarme al agua... ploff, ploff, ploff... detrás de mi se tiraron 50. La piscina quedó cubierta de cabezas con lo que tuve material suficiente para encaramarme a ellas y poder salir. Afuera me esperaba Romina, mi casera, gritando, "micho" "micho", ya estoy aquí, ven a comer. Me desperté de golpe y bajé la escalera de dos patadas.
Habrán adivinado que soy un gato de escalera bien presuntuoso. Los sueños, sueños son. ¡Hay tantos hombres que quisieran ser gatos y soñar lo mismo que yo soñé!
Lo extraño de esta historia es que al día siguiente todos los huéspedes de la pensión tenían la cabeza vendada.
¿Será que el sueño no era sueño?
¿Que soy un hombre que soñó que era gato? ¿Que soy un gato que soñó que era un hombre?
Y soñé que en otro estado más lisonjero me hallé.
EL PARAISO PERDIDO
Después de 40 años volví a aquella ciudad; recordé que cuando niño planté un "tesoro" junto a un árbol de la plaza: una estampita de colores entre dos cristalitos. Yo comprendia que, después de tanto tiempo, el papelito habría desaparecido, más aún así, con una moneda escarbé en la tierra. Tropecé con un cristal; mi corazón latía de emoción, era como volver a la niñez, a la inocencia. Saqué el cristal. No estaba la estampita. En su lugar había un envoltorio en papel aluminio. Lo tomé, lo desenvolví nerviosamente... era un baulito diminuto con un hermoso mechón de pelo rubio, una notita que decía "te esperaré siempre" y una dirección: calle Nueva 4-C, Braña Vieja. Me senté en un banco próximo con una sola idea en mi cabeza: volar a Braña Vieja.
Braña Vieja estaba a 1.500 kilómetros. Pero ¿Qué representaban 1.500 kilómetros ante una posible felicidad eterna?. Tomé el paraguas, una bufanda, un bocadillo de lentejas, un vaporizador para el mal aliento, y me fui para el tren.
Después de tres días y medio llegué a mi destino. Mostré la dirección a los vecinos. Unos me decían "a la derecha", Otros "a la izquierda", "Para allá", "Para acá"... tiré un palito al aire, preguntando: ¿Hacia donde?, y el palito dijo: "Hacia acá". Allá voy yo. Calle Nueva, 4-C. Me comí la bufanda, desodoricé el aliento con el bocadillo y soné el timbre. Una voz lejana, dijo: "pasa". Pasé, no vi; enfoqué, olí...; ¡allí! Allí estaba, en el fondo, en la penumbra, sentada en un sillón lánguidamente.
Vestía una ténue túnica de chifón rosado y cubría su cabeza con un sombrerito de encaje que velaba su cara con una gasa gris que dejaba adivinar su bello rostro. ¿Qué importaba el lugar de encuentro si el destino nos lleva, queramos o no, del Ártico a la Patagonia, de Burgen en Noruega, a Harbin en Manchuria, de la ceca a la Meca...?
Me arrodillé a sus pies y le tomé las manos. Ella tomó mis dedos y comenzó con ellos a hacer trenzas. Estiraba nerviosamente mis huesos, y yo sentía un dolor intenso en la base del cráneo y en el coxis pero ¡Qué significaba ese dolor cuando era la antesala del paraiso !
Cuando terminó el trenzado, me dijo:
-Estuve 40 años esperándote...
¡Ay, mi Dios! , caí en la cuenta, ahi mismito, de que no podía ser tan joven como estaba imaginando, pero la emoción no me dejaba pensar claramente. Era imposible hacer cálculos matemáticos en esas circunstancias.
Le dije:
¿Cómo sabes que soy yo?
Respondió:
-Te conocí por el ojo violeta.
Extraña respuesta, me dije. Las dudas me atenazaban, mis cuerdas vocales se habian vuelto consonantes... No podía hablar, tomé el paraguas para salir, pero ella, con un rápido movimiento de su extremidad inferior, me puso una zancadilla que me hizo rodar por el suelo. Mi dentadura quedo clavada en la alfombra castañeteando. La tomé rápidamente y me la coloqué de cualquier forma. Ella me miró y soltó una carcajada.
-"Alexis, qué dientes tan grandes tienes", dijo, retorciéndose de risa.
Yo comprendí y me la coloqué en su sitio.
Ella tan, dulce, me tenía agarrado por un tobillo con tal fuerza que no podía hacer el menor movimiento sin destrozarme un hueso. Alcancé el paraguas y con el mango en forma de herradura, enganché la pata de su butaca que cayó al suelo estrepitosamente. El sombrero de la dama se había ladeado y yo escudriñaba bajo la gasa gris, intentando ver su rostro. Ella no soltaba mi tobillo. Con mucho esfuerzo destrencé mis dedos de la mano izquierda y saqué de mi cartera el mechón rubio del baulito. Lo comparé con el mechón que le salia por debajo del sombrero. Sí, era ella. ¡¡ Ella !! pero, ¿Quien era ella? ¿Qué diablos hacía esa mujer esperándome desde hacía 1.500 kilómetros a 40 años de distancia de mi punto de partida?
Me pongo en pie de un salto, tomándola de sorpresa, pero ella ha desaparecido. Sorpresa para mí. Me arreglo las cejas y el bigote con un poco de saliva y "mentalizando" (con menta) mi aliento, comienzo a buscarla por toda la casa. LLego a la escalera, subo, empujo una puerta; está cerrada. Me ofusco, me impaciento, voy a reventarla de un patadón. Cuando oigo a mi espalda la risa de ella. En menos que canta una mariposa le arranco la gasa gris de la cara; debajo hay una verde, luego una roja, azul, morada, blanca... ¡Falta una para que sean siete velos como los de Salomé!! El último se lo quita ella, no sin gritar salvajemente que soy un depravado.
Yo he quedado de piedra. No puedo mover ni un músculo, ni un tendón. Estoy eso: petrificado. Ante mi está la mujer más bella del mundo y yo caigo de rodillas a sus pies. Ella, con mucha lentitud, levanta mi cabeza con la mano izquierda, y con la derecha toma un pliegue de su barbilla y se arranca la careta. Se arranca la peluca, se saca sus lindos ojos verdimar.
Ante mi está Marta, escupiendo veneno por sus cuencas vacias, que con una sonrisa dulce, inmensamente dulce, me dice:
- Esperé 40 años a que me trajeras mi ojo violeta, ya no tendré que disimular más. Antes de yo caer muerto, tuve tiempo de devolverle mi ojo que mimé durante tantos años. Tía Marta se coloco su ojo en el sitio adecuado y, feliz, cayó a mi lado fulminada.
En este momento tía Marta y yo paseamos de la mano por el paraiso.
Aquí no hacen falta ojos: no hay nada que ver. Esto es la gloria.
LA VISITA AL MÉDICO
Tengo que hacerme unos exámenes médicos de rutina. Bueno, de "rutina" eran antes de la crisis, ahora son de "rutina" sin la "T" , lo que los convierte en de "RUINA". Así van las cosas; desde hace tres años estoy planificando esta visita médica que comenzó por un parpadeo nervioso en las pestañas de mi ojo derecho. ¿La demora ha ido invadiendo mis órganos vitales? eso me pregunto a cada instante.
¿Padeceré una "estrómboli deficitaria" o ¿acaso una "gárgolis crísica", que me lleve a la muerte en un tris?
Ahora mismo recuerdo con qué "alegría" tomaba yo a mis niños de la mano y me iba a la consulta de una famosa pediatra alemana que rápidamente descubría que el oído enfermo era el contrario del que le dolía a mi niña, o que el dolor en la axila de mi hijo menor era debido a llevar tanto tiempo apretado un duro en la mano con el que se compraría 3 chocolatinas, 2 bolsas de "gominolas", o 20 cajas de cerillas con dibujos coleccionables, que rápidamente yo incautaba, por el peligro.
Yo no recuerdo que aquellas consultas fueran tan dolorosas económicamente. Después, para premiarlos por portarse bien en la consulta, nos íbamos a un centro comercial muy conocido y tomábamos un exquisito desayuno americano. Ya saben: huevos con jamón, jugo, tostadas, mermelada y café.
¿Pero esto que estoy diciendo fue real?
He estado pensando en aquellos momentos... pero ya vuelvo al tema.
Tengo ahorraditos los justos reales para ir a mi internista, pero cuando ella me vea en este estado de decadencia, mezclado al horror de la factura, lo achacará todo a mi salud deficiente, y querrá remitirme al especialista de "gárgolis" o al de "estrómbolis", al óptico, al clínico, al veterinario, que probablemente no querrá recibirme por si soy un perro bravo; me ordenará análisis de sangre, de orina, análisis gramaticales , etc., etc. Para ese momento a mi me habrá subido la tensión, me habrá bajado la moral, y con un hilo de voz le diré a mi doctora que yo sólo pretendo que ella pase sus manos suaves por toda mi piel para detectar cualquier anomalía. Luego, con toda humildad, le pediré que se arrodille conmigo, y que las dos pidamos al Maestro Celestial que cure mis células, mis órganos, mis males presentes y los futuros . Amén.
Hasta aquí hemos llegado.
Tengo que decirle a mi doctora que actualmente todos mis "alifafes" (léase achaques) me los curo con "Tibicos". Ella me mirará entonces con una mirada indescifrable, inquisidora; yo sostendré la mía, porque necesito mucho valor para decirle, sin que me expulse de la consulta, que los "Tibicos" son unos ¿Hongos? de no sé qué, que dice no sé quién, que son buenos para no sé qué cosa, pero que lo curan todo. Es aquí cuando ella debiera de escupirme pero yo sé que ella, que es un amor, al verme en ese estado, me dará un golpecito en la espalda y, empujándome hacia la puerta, me dirá: sigue tomando "tibicos" y, por si acaso, me pedirá que le lleve una "ración" , con instrucciones.
A la salida, la enfermera me dará el sablazo, pero yo me habré librado de todos los especialistas, de todos los análisis, y de todas las esperas, y volveré a casa con una bendita incertidumbre, que es lo que a uno le mantiene en vida. Más alto nivel de incertudumbre, más alta alerta.
Así no se te pasa ningún síntoma.
Cuando sientas malestar ponte de rodillas y echate a rezar.
¿Seguiré padeciendo de "estrómboli deficitaria"? ¿o de "gárgolis crísica"?.
La ciencia médica tiene la última palabra.
EVOCACIONES
Después de almorzar me recuesto un rato en el sofá a descansar. A esa misma hora se despierta mi cerebro de la siesta y comienza a "pasarme" películas del pasado, del presente y hasta del futuro; unas veces dramáticas, otras felices y las más de las veces,... ¿Qué quieren que les diga?... jocosas, Es así como deberíamos de ver siempre las cosas del pasado: como una lección que nos haga sonreir, si queremos vivir en paz .
Pensando yo estaba en todas las cosas gratas de la vida a las que las circunstancias nos han obligado a renunciar, cuando vino a mi cabeza un episodio de mi infancia, en tiempos de guerra.
Los alimentos escaseaban, ya no se encontraban con facilidad las cosas que uno quería, y había que tener suerte y llegar al negocio en el momento oportuno.
Ese día mi abuela se despertó "visionaria" y, sin más preámbulo me dijo:
- "vete a la charcutería a ver si hay chorizos".
- y si los hay ¿Cuantos compro?
Mi abuela, que no era de mucho hablar...
- "los que te den", me dijo.
Salí tempranito y llegué al mercado. Con gran sorpresa lo primero que vi fue la barra que iba de lado a lado del mostrador de la charcuteria repleta de ristras y ristras de choricillos, Me paré en seco, dudosa, aturdida, confundida... ¿Qué hacer? ¿Cuántos llevar?.
-¿Qué quieres bonita? Preguntó la charcutera. Yo, con un nudo en la garganta, dije mirando las ristras....
-"Que si hay chorizos". Me temblaban las piernas esperando las nuevas palabras de la señora.
- "Pues ya los ves... ¿Cuantos quieres?. Yo, con una voz que me salía de las cavernas de Altamira, (ya saben: la Prehistoria, el hombre de la edad de piedra, el Cromagnon, muy lejos, muy lejos...), respondí:
- "Mi abuelita me dijo que los que Ud. me diera."
La mujer se quedo inmóvil unos segundos, mirándome con una luz en sus ojos como si quisiera llegar a lo más profundo de mi ser, y empezó a bajar las ristras como si fuera un ritual.
- "Yo por mí, te los doy todos" me dijo.
Junto al mostrador había una cliente que miraba los chorizos y luego a mí y luego a los chorizos, y soltaba unas risitas ahogadas... imaginando quizá la continuación de aquel episodio.
Yo estaba espantada viendo aquel montón de chorizos. Los pesó. ¡10 kilos! ¿Sería eso lo que quería mi abuela?
Yo tendría 10 años y era una niñita flaquita y paliducha. Guardé todos los chorizos en el bolso de cuero que me dio mi abuela, y así fui para casa con mi bolso empujado con la rodilla porque kilómetro y medio con 10 kilos para una encanijada era cosa seria.
Empecé a subir las escaleras. En cada rellano, me santiguaba: ¿Ese gesto aliviaría mi temor? Yo pensaba que sí. En el tercer piso, me asomé a la ventana que daba a un patio. Me detuve a descansar y a pensar mis respuestas, cuando vi un gato mirándome. Tomé del bolso un chorizo y se lo arrojé... todavía iba por el aire cuando aparecieron otros dos gatos a disputarlo. Para evitar que hicieran ruido, les arrojé otros dos chorizos... más gatos, más maullidos, más ruido, más susto mio, más temblores en mis piernas, más chorizos... Los gatos ya no me suplicaban, me exigian, y yo lanzaba y lanzaba chorizos sin parar en todas direcciones; los gatos querían saltar a la ventana a terminar con mis chorizos y caian a otro patio interior a doce metros de altura, pero nada los detenia. Yo pensé: si mi abuela oye este alboroto y se asoma, va a ver los chorizos volando por el aire... sudaba yo de estar viviendo ese momento tan intenso de poder y... también de debilidad, así que cerré la ventana y segui subiendo.
Abrí la puerta. Allí estaba mi abuela. Yo la vi enorme... no me había dado nunca cuenta de lo grande que era mi abuela, ¿O sería que yo me estaba encogiendo?.
Los chorizos se chorreaban "a pesar de todo" por los bordes del bolso. Yo pensé que lo que llevaba en la mano tan pesado era la bolsa de mi sepultura.
Mi abuela miró el bolso y dijo: ¿Qué traes ahi?
- ¡Chorizos! Costesté.
- Pero ¿más abajo?
- ¡Chorizos! Más débilmente.
Mi abuela se rió nerviosamente y empezó a tirar de las ristras que iba colocando en el fogón de la cocina. La charcutera las había colocado tan ordenadamente que no me habían parecido esas montañas que mi abuela iba sacando, desenfrenada por encontrar la otra cosa que ella esperaba hallar en el fondo del bolso; jadeaba, me lanzaba unas miradas perdidas y desesperadas. Cuando llegó al fondo, se echó para atras, levantó la cabeza mirando al techo y luego sin decir palabra se dejó caer en una banqueta. Yo crei que estaba muriendo..., me fui hacia la pared y me quede frente a ella, esperando un desenlace fatal.
Mi abuela levantó una mano y, apuntándome con un dedo, grito con una voz que sonó como las trompetas del juicio final:
¡ VETE A VENDERLOS !
¡Dios mio, todos esos horribles momentos para ese final!
Me puse de rodillas y le supliqué a mi abuela que no me obligase a tal cosa; le dije que yo me los comería todos, ¡Todos! pero que no me hiciera pasar tal vergüenza. Mi abuela los pesó. Había 8 kilos. Los gatos se habían comido los dos kilos faltantes. Los gatos se relamian y, si aún vivieran, recordarían ese día como lo recuerdo yo. Poco tiempo después, los gatos y nosotros... ya en plena guerra, dejamos de comer chorizo y muchas otras cosas ricas, como ahorita.
Poco a poco se van borrando de mi mente el olor y el sabor de esas ricuras y me pregunto si alguna vez podremos acceder a ellas, o estarán reservadas solamente para ese 16% de ciudadanos que, no sé por qué privilegios, disfrutan de esas pequeñas alegrías que debieran estar repartidas entre los 84% de pobres restantes.
De todas formas, hermano, sonríe; tiempos vendrán, quizás, en que podamos "atar los gatos con longanizas" como, más o menos, dice el refrán.
P.D. Al poco tiempo de aquel suceso tuve que decirle a mi abuela lo de los gatos porque se empeñaba en reclamar a la charcutera los dos kilos que faltaban, y aprendió la lección de que las órdenes a los niños deben ser claras y concisas .
EL ASCENSOR
El ascensor se paró súbitamente con un salto que desplazó mis vísceras violentamente.
Todos gritamos histéricos y yo me miré al espejo para observar mi expresión de terror.
En el cubículo estaba yo sola.
Miré hacia atrás, pues juraría que el ascensor estaba repleto.
Volví a mirar el espejo y vi a un señor joven, alto, delgado... Me llamaron la atención sus largas pestañas y sus pies me parecieron grandes.
-¡Qué susto!! Exclamé.
Él no se inmutó.
Siguió mirando a través del espejo sin pestañear.
-Mejor, dije para mí, pues si pestañea voy a volar.
El ascensor inmóvil.
Yo, turbada por sentirme tan fríamente observada, me acerqué al espejo, pasé el dedo medio por las cejas, me acomodé el pelo y comencé a tararear una insulsa canción de moda bastante cansona. El joven, sin pestañear, seguía imperturbable. Yo empezaba a desquiciarme de impaciencia; ya no sólo cantaba sino que manoteaba y taconeaba llevando el ritmo de la canción.
La "imperterritez" del joven estaba sacándome de quicio.
Sentí que alguien tocaba por fuera del ascensor y decían no sé qué cosa de los bomberos; pero todo mi interés estaba ahora en una sola cosa: en apagar el fuego de aquella mirada que a través del espejo me estaba perturbando.
Saqué del bolso la barra de "rouge" y me retoqué los labios, luego hice varias muecas ante el espejo y contemplé mi cara.
-Nada mal, me dije.
¿Por qué ese idiota no me toma con algún interés?. Me solté el pelo que llevaba recogido en un moño y comencé a hacerme trencitas, saqué la bufanda del cuello y la hice tiritas para enlazar cada trenza. Me impregné los cachetes con el rouge de los labios, pues noté que estaba pálida. Por llamar la atención de mi acompañante me delineé mis labios por fuera...de los labios.
Me pinté los ojos como Pola Negri, la vampiresa del cine mudo: Las ojeras me llegaban al ombligo. Mi actuación estaba siendo tan perfecta que no comprendía como ese hombre no me decía nada.
Yo había entrado ya en un estado de "frenesí desbocado". Me reía estrepitosamente echando la cabeza hacia atrás y moviendo la cintura a punto de quebrarse para siempre. En uno de estos gestos teatrales... la puerta se abrió de golpe, yo tardé en reaccionar.
La magia de aquel hombre misterioso había concluido. Alguien entró y sacó rápidamente el maniquí del chico de los cigarrillos. Aquel catire salió de mi vida en un instante.
-¿Y yo?
Miré al espejo. No estaba el hombre. Saqué las gafas del bolsillo, me las puse y de nuevo miré...
Detrás de mí estaba una multitud y en cabeza mi jefe. Todos me miraban consternados y algunos secaban con disimulo las lágrimas.
Quise explicarles... quise decirles...
Los bomberos por un lado y los de la ambulancia por otro, me sacaron del ascensor, me pusieron un paño sobre la cabeza, por compasión y ... aquí estoy, amarrada a los barrotes de una cama queriendo explicarles que todo había sido por un descuido: no me había puesto a tiempo los lentes . Soy tan miope!!
METAMORFOSIS
Hace tres días que clamo por ayuda, pero mi voz se ha debilitado de tal forma que mucho dudo que llegue a los oídos de los habitantes de la casa. Las fuerzas me están abandonando.
Llegué a esta ciudad hace 6 meses y desde entonces habito esta casona, de día tan alegre, rodeada de bellos jardines y con ventanas soleadas y frescas pero de noche... tan lúgubre, tenebrosa, fría, atemorizante . ¿Será esto último impresión mía?
Aprovechando que la familia salió al campo por unos días me he puesto a leer unas revistas que recibí esta mañana en el correo. La chimenea está encendida; estamos en marzo y el tiempo es fresco, las luces están bajas y veo en las paredes los reflejos fantasmagóricos de las llamas que sigo distraída cuando levanto los ojos de los libros en cuya lectura estoy inmersa.
Ha debido abrirse alguna puerta porque siento en mi nuca un toque frío, intensamente frío, yo diria helado para ser exactos. Observo la habitación y nada hay extraño, todo en orden. El gato que dormita sobre una mesilla cerca de mí no ha movido un músculo . Eso me tranquiliza.
Inesperadamente siento un golpe en mi espalda y me levanto de un sólo brinco. Una fuerza invisible me empuja, me empuja en retroceso hacia la chimenea. Tropiezo con la mesa, caigo violentamente golpeando mi cabeza con la del gato. Mi postura es ridícula; su nariz y mi nariz están pegadas, él arqueado, yo , espachurrada contra el suelo alfombrado. Con un esfuerzo bilateral los dos nos incorporamos gritando simultáneamente, él como gato, yo como una señora sería, consciente, valiente ¿he dicho valiente?, mentira, grito desaforadamente. Cuando miro a Vampi un grito de terror sube por mis tobillos y termina en el centro de la glándula pineal, aquí mismo, en la cabeza.
Siento un dedo en mi espalda que me sujeta para que no ruede de nuevo por el suelo. ¿Un dedo de quien, de cómo, de donde , de cuando? No sé si mirar de nuevo al gato o mirar al dedo. Las dos cosas me aterrorizan. Tambaleándome me miro en el espejo de la chimenea ¡AY! ¡AY! ¿qué veo? ¿qué ven sus ojos? mis ojos..., los míos..., los suyos.... No puedo apartar la mirada del espejo. Me parece oír la voz del espejo diciendo burlonamente "La mujer más linda del mundo eres tú". Siento una respiración jadeante en mi oído y una opresión en las costillas, como si alguien tratara de abrazarme, mas en el salón sólo estamos Vampi y yo. Me sacudo ese abrazo y no se que cosa se va sobre el gato , la mesita, las sillas y el sofá. Un viento huracanado se mueve entre las lámparas y las sillas. Estoy tan asustada viendo ese destrozo en la casa que agarro al gato entre mis brazos con tan mala suerte que tropiezo con la alfombra y de nuevo mi nariz se golpea con la del animal; mi dentadura se afloja y se incrusta en la boca del gato. Me hubiera reído de ver ese mamarracho si no hubiera visto de cerca los ojos de Vampi.
¡¡¡SON MIS OJOS!!!
Empiezo, (sólo empiezo) a comprender, si es posible comprender semejante aberración... ¡¡¡Hay en el salón una entidad maligna!!! que hizo al golpearnos que no sé de que forma nuestras células se intercambiaran. ¡Así que yo tengo los ojos del gato...! esa pupila vertical me da un aire diabólico, pero mis ojos dulces, expresivos, ¿por qué no decirlo de una vez? ¡lindos!, los tiene ese gato, perverso, insulso, despegado, ingrato. ¡Él tiene mis ojos y mis dientes! Si aquí hubiera terminado todo sería cosa de coser y cantar; unas gafas RAY-BAN bien oscuritas hubieran arreglado mi aspecto, aunque lo del gato es más ostensible. Pero no, que va; la "entidad" vuelve a la carga, está furiosa conmigo, me sujeta por un brazo y me da una bofetada que estremece mi ventrículo izquierdo y parte del derecho. Lanzo una patada al azar y doy en el blanco. No se si es blanco o negro, pero si acerté. Oímos un rugido aterrador y todo se mueve en la casa como si fuera gelatina. Me cae una gran araña del techo, que molesta, clava sus mandíbulas en mi pecho... yo henchida de dolor corro hacia un rincón de la casa y ahí me quedo temblando. Miro hacia abajo y me veo gateando por las paredes, moviendo mis 20 dedos llenos de ventositas y arrastrando un pegajoso hilito del que me cuelgo de vez en vez.
Estoy perdiendo la calma, el pudor, la sensatez... ¡una dama como yo, subiendo por las paredes! Pero, ¡¿ como me veo allí si estoy aquí?! De nuevo, las células; los átomos, las macabradas de la bendita entidad maligna.
Yo soy la araña con mi mente; la mente de la araña esta por ahí vestida de flores, y con pantuflas, dentro de mi cuerpo.
Sobre la mesa veo una tarjeta escrita así: "Yo soy aquel que cada noche te persigue..."
"Yo soy aquel que por quererte ya no vive.... el que te espera....."
¡ Ay, traidor desconsiderado!.
¿Y para decirme que vienes a buscarme tienes que poner la casa al revés, dar mis ojos al gato, mi cuerpo a la araña y dejarme durante tres días colgada de un hilo comiendo moscas?
Hubiera sido más elegante poner antes la tarjeta. Pero claro, no te hubiera creído. Volvamos para atrás y empecemos de nuevo el juego.
La entidad no ha vuelto por ahora; espero que mi familia llegue a tiempo observe todas las anomalías y llame a un exorcista para que enderece este entuerto.
DURO DE MATAR
Hace dos días tuve un terrible presentimiento: No iba a pasarme nada. Esto me ha producido un Shock con riesgo inminente de muerte. Eso es totalmente ridículo. ¿Morir de nada? Se muere uno de envidia, de rabia, de risa, de amor, de esto y de lo otro, pero ¿de nada?.
Como yo soy persona arriesgada, aventurera, intrépida, me he apuntado en varios cursos, peligrosos por supuesto.
En estos momentos estoy entrando en la escuela de paracaidismo extraterrestre, ¿que voy a lanzarme al espacio sideral? Negativo. Es paracaidismo sobre el mar, fuera de la tierra, He pedido que después de las tres primeras clases me lancen desde la avioneta sin paracaídas y que cuando falten unos 150 mts. para amerizar me tiren el paracaídas. La primera vez puede que falle pero la 2º estaré más atento y al llegar a esos 150 mts, esperaré sin impacientarme - como la vez primera - a que se acerque a mis manos el paracaídas y todo saldrá bien. Sin riesgo no hay gloria.
Me apunté también a un curso por correspondencia de ajedrez. Con toda honestidad les diré que eso sí que es rudo y peligroso. Ahí se involucran hasta los reyes, ella y él. Ella como todo un hombre, me refiero a la Reina, se pone a dar saltos para acá y para allá como le viene en gana, para atrás para adelante sin ningún pudor. El Rey es más comedido. ¿Y la caballería? ¿Qué puedo decir de ella? Es una caballería descarriada que anda zigzagueando y uno no sabe a qué atenerse.
Luego los alfiles: esos no caminan por caminos rectos. Esos son ladinos, engañosos. Y los peones, como siempre los más fastidiados. Carne de cañón sin derecho a réplica. Creo que no voy a soportar tanta injusticia.
Yo en ese curso no sé si tendré algo que hacer pues por muy loca que sea la Reina, soy incapaz de matarla estando su marido al lado y toda la caballería pendiente de mí.
De mi lado hay otros reyes: son los que yo puedo mandar pero, ¿quién soy yo para enfrentar a estas familias y ponerlas a guerrear sin ton ni son? Creo que este curso es demasiado para mí. Mucha sangre, mucha violencia.
He pensado también subir al Avila donde parece que está muy activo el fantasma de Sabas Nieves y como estos días estoy un poco artrítico me empujaría para que aligerara el paso, según cuentan testigos presenciales.
Puedo pasear por los barrios periféricos de Caracas a las 12 de la noche en busca de emoción o ir a renovar mi cédula a El Silencio que eso también exacerba los centros sensoriales.
Otra cosa que pienso hacer para correr algún riesgo de una parálisis cerebral es estudiar el sistema binario que está de moda por eso de las computadoras, que en paz descansen. Y no lo dIgo porque mueran sino sencillamente porque merecen un descanso; esos que saben "navegar" las tienen echando humo buscando emociones y los niños buscando desnudos. ¡tan inocentes! no tienen más que ir a la playa y se ahorran electricidad e impulsos.... de todo tipo.
Estos proyectos que tengo son sólo el principio, cualquier cosa menos que no ocurra nada.
He pensado alistarme en la Legión extranjera, pero que sea tan extranjera que no me entienda con nadie y me quieran fusilar por imbécil en grado superlativo.
También se me ha ocurrido hacerme una casa sobre arenas movedizas, ¿Habrá allí bastante emoción?
También me he inscrito en un curso para descifrar claramente la teoría de la relatividad pero calculada con el sistema "octal". Por el decimal sería demasiado fácil. De morir de algo, que sea verdaderamente escalofriante.
Si se trata de cálculos matemáticos para mí tienen una carga emocional que sube mi adrenalina a millón. Yo, de pensar en la raíz cuadrada de 2 me pongo histérico, mis ojos se desorbitan, se acelera mi pulso y pienso en el profesor que el 1er día de clases en 1º de bachillerato me dijo hace 65 años que yo estaba suspendido por hablar con el niño de al lado y decirle que no tenía sacapuntas. Efectivamente me suspendió. ¡Esos si eran profesores! le preguntaban a uno en clase y cuando íbamos a abrir la boca para decir....... quien sabe si un disparate, le mandaba a sentar con ¡Ud.,. no lo sabe! ¡A mí me bajaba la moral.... y la autoestima! ¡Qué maestría tenían para hundirlo a uno. Hoy sigo arrastrando aquellas emociones. Aquellos años sí que tenían emoción; entonces sí esperábamos que a cada instante nos ocurriera algo.
Creo que lo del presentimiento era falso; con estos planes y recuerdos ya estoy hundido por una temporada.
EL VIAJE SOÑADO
Este viaje había sido soñado durante muchos años, así que cuando al fin lo pude realizar entonces sí me pareció un "sueño".
Comenzó el viaje con buen pie y buena mar. Todo va bien como siempre deseé. He sentido de pronto un extraño ruido, como una puñalada en la quilla del barco, algo así como una herida que se va abriendo. Cuando abro los ojos para enterarme de la situación no veo nada; una niebla profunda nos rodea. Siento pánico pues el barco está peligrosamente escorado hacia babor. La sirena de niebla suena lúgubremente. Quiero preguntar a alguien pero no hay nadie en cubierta. Avanzo hacia la escalerilla y desciendo asustada.
¿Qué está ocurriendo? ¿Dónde esta la tripulación? ¿Y los pasajeros?
Al fondo del pasillo veo una figura. Aliviada corro hacia ella. La mujer debe de sentir mi propio terror porque también viene hacia mí como yo, con los brazos abiertos... un fuerte golpe en todo mi cuerpo y un escalofriante ruido de cristales rotos me lleva a la realidad: era un espejo. Penetro por el hueco que ha dejado el cristal; reina la oscuridad. Tropiezo con varias cosas que no identifico, tanteo, avanzo lentamente, toco unas rejas. Una salida quizá. Busco el cierre y un dolor inmenso me pone al borde del desmayo: mi brazo izquierdo ha desaparecido arrancado por no sé qué bestia que estaba detrás de los barrotes. Tropezando busco la salida mientras la sangre de mi brazo va llenando el suelo de lo que imagino son las bodegas. Veo una luz al fondo y empujo un pesado bulto que impide mi acceso hacia esa luz. Estrepitosamente cae la grúa que iba dentro; rueda hacia mí y aplasta mi pie derecho dejándolo como una oblea. Grito, lloro, sangro, corro, resbalo, me levanto, gateo arrastrando el pie derecho y al fin encuentro una salida. Subo a cubierta. nadie. Empiezo a pensar que me embarqué en un "buque fantasma".
Blandiendo con mi derecha la mano izquierda corro hacia la borda y arranco con la mano izquierda, que está en mi derecha, un salvavidas: me lo coloco antes de que el barco se hunda en el mar y la niebla. Desesperada me lanzo al vacío ¡qué vacío!. El salvavidas está atado a una cuerda y quedo colgando de la quilla. Estoy a punto de perder el sentido y... el juicio. Sin pérdida de tiempo tomo entre mis dientes la mano izquierda, y con la derecha y el pie izquierdo trepo por la cuerda. Llego a un bote salvavidas e intento echarlo al agua ¡Maldición de maldiciones! está clavado al suelo; con mis dientes arranco los clavos y por fin suelto las amarras del bote; lo empujo por babor mientras el barco se hunde por estribor. Cuando voy a entrar en él la mala suerte me acompaña. La chimenea cae sobre mí y me rompe en pedazos. Con la mano derecha los ordeno, los recojo y los meto en el bote. La sirena de niebla sigue sonando lúgubremente.
Ya no lloro. Mis ojos están llenos de hollín de la chimenea, pero aún así, por el rabillo, observo que está a punto de saltar sobre mí el tigre al que abrí la puerta de barrotes. Tomo la mano izquierda entre mis dientes y con ella le golpeo en los flancos hasta dejarlo inerte.
El barco se ha hundido pero yo estoy ... ¿realmente estoy?
Me examino y veo al adefesio. He unido mal mis pedazos: mi cabeza está en los pies, mi brazo derecho en el izquierdo. Me dejo caer en el fondo del bote y comienzo a gritar fuertemente imitando el sonido de la sirena de niebla. Quizá algún día me encuentren.
Yo soñé con un viaje por las costas de Africa... pero sinceramente... Acaba de llegar un tiburón...
¡¡¡ SOCORROOO!!!! .......... por suerte, sólo fue un sueño.
EL TRUEQUE
Estaba parado en la acera mirando a derecha e izquierda. Dudaba entre tomar un tranvía o un taxi. Por suerte pasó un taxi pues para el tranvía podría haber esperado 15 años; aquí no hay tranvía.
Tomó su bolso, abrió la portezuela, penetró en el taxi y se recostó tranquilamente.
- ¿Dónde vamos? dijo el taxista.
- Al terminal, respondió el caballero.
Llegaron al terminal.
- ¿A dónde puedo ir?
Nombró el taxista varios puntos pero unos por sí y otros por no, no agradaban al caballero.
Después nombró Caracas. Por los ojos del viajero pasó una rápida chispa.
Era el lugar menos apropiado para un descanso.
Dudó, se recostó sobre el espaldar y permaneció en silencio como si decidiera tomar unas vacaciones ahí mismito, en la privacidad del taxi. En esas cavilaciones estaba cuando irrumpió en el lugar una dama de "buen ver", jadeante y apresurada. Sin preámbulos abrió la puerta y le preguntó al caballero si iba a bajar. El caballero sin responder echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos. La dama dijo: Quiero una carrera a Caracas. El taxista tuvo un sobresalto de felicidad. El caballero ni se inmutó.
Al ratito de estar rodando la dama abrió el bolso y comenzó a sacar chocolatinas, bombones, galletitas, pirulines, caramelos de tal o cual cosa. Era tan tentador que el caballero dejó resbalar la mano con disimulo y topó con un pirulín. La dama le dio un golpecito en los nudillos y con serena mirada le reprobó el gesto. El soltó el dulce y volvió a cerrar los ojos. El taxista observaba todo en las rectas a través del retrovisor...
Al cabo de tres minutos y cuatro segundos y medio, el caballero se inclinó sin prisas, abrió lentamente, muy lentamente, el bolso pues a la cremallera le faltaban dientes y podía "escachuflarse" y fue sacando primero, una mesita plegable que colocó en sus rodillas, luego: 3 manzanas, 4 peras, una mano de cambures, un racimote de uvas negras importadas y otro de uvas verdes, guayabas, naranjas, melones, patillas, dos pechugas de pollo en salsa Mornay y una cafetera con té verdi-negro. La dama observaba mientras se sacudía nerviosamente los papelitos de los dulces en la falda y las imaginarias miguitas en la pechera. El taxista estuvo a punto de volcar en una curva pues sus ojos se habían quedado clavados en el espejo retrovisor que reflejaba tamaña gula, aunque esta escena casi podría llamarse LUJURIA.
El caballero comía muy lentamente chasqueando la lengua, chupando las uvas con deleite dejando caer por su barbilla el jugo de la patilla y escupiendo las semillas sobre la nuca del taxista que miraba por el espejo.
Cada vez que el caballero abría la boca para engullir algo la dama y el taxista la abrían también y casi gemían de envidia. Cuando el señor llegó al melón y empezó a dar suspiros mientras lo tomaba, el taxista que sudaba desesperado se orilló ( dije orilló) y bajándose abrió la puerta del caballero y le dijo:
-¡No aguanto más! mi taxi por un melón.
- ¡Hecho! dijo el caballero. Salió con su mesa y se puso al volante pero antes colgó a la altura de su cara el racimo de uvas negras que en cada bache llegaban a su boca y el caballero las mordía con un placer indescriptible. El taxista había terminado el melón y se chupaba los dedos, no, ahora se los mordía viendo las uvas del caballero. Lloraba y reía al tiempo y con una estentórea carcajada agarró al caballero por el cuello y le gritó:
- ¡La dama por las uvas!
La dama gritó y le propinó una solemne bofetada. El caballero frenó en seco y encarándose con el taxista le dijo:
- Caballero Ud. ha ofendido a la dama dentro de mi taxi. Le reto a un duelo mañana en este mismo lugar... y ayudó a bajarse al taxista.
La dama y el caballero con una risita entrecortada y nerviosa enfilaron el carro hacia el Hilton. Allí les esperaba Hebert, el mayordomo que les entregó los pasajes para el viaje a Singapur de paso por Villa de Cura.
-¿ Lilí, te gustó la aventura de hoy? preguntó el caballero mientras entregaba las frutas plásticas a Hebert.
- Mucho, mi cielo, respondió Lilí y dio orden al mayordomo de que llevara el nuevo taxi a su parque privado: 5 taxis y 3 autobuses.
Cuando vean por la plaza Morelos un loquito que clama por su taxi... ya saben quien es.
Lilí y Hugo viajan ahora por Noruega en un barco bacaladero, posiblemente...
comiendo uvas y melón.
EL DENTISTA
Ir al dentista es como ser condenado a la cámara de tortura sin posibilidad ninguna de salvarse del tormento.
La dama había hecho un curso por correspondencia de autohipnotismo, una novena a San Judas Tadeo y un testamento a favor de los pobres desesperados (sus familiares) dejándoles 5 gatos y seis perros. Todo esto como preparación para ir el martes al dentista.
Ya anímicamente preparada llegó a la consulta.
La dentista ya la conocía de otros episodios y comenzó con mucha delicadeza su trabajo. Todo iba bien hasta llegar a la colocación de ese aparatico que le deja a uno con la boca abierta por unos minutos que parecen horas de 48 días.
Cuando la doctora tenía los dedos en la boca de la dama, no sé que infortunada circunstancia, hizo que un terrible calambre rompiera el sistema nervioso de la señora y sin más contemplaciones cerrara la boca apretando fuertemente los dedos de la doctora entre sus dientes. La doctora tiró de sus dedos arriesgando las vértebras cervicales de Gladys que paralizada por el dolor no podía aflojar su mandíbula.
La doctora (que desde ahora llamaremos LA TORTURADORA) puso la mano sobre la cara de Gladys y haciendo palanca con el pié izquierdo colocado en el hígado de la señora (que desde ahora llamaremos LA TORTURADA) tiró con violencia de su mano atrapada en la boca de la dama. El sillón se movía peligrosamente así que la paciente extendió la mano agarrando el chorrito que al desviarse lanzó una "bocanada" de agua a LA TORTURADORA que gritó fuera de sí y agarrando a Gladys por el cuello, sin bajar la pierna de la zona hepática, la zarandeó desenfrenada. El aparato que debía ir en los dientes tenía pinzada la nariz de la paciente que paralizada de horror intentaba recordar alguna lección de la autohipnosis sin conseguir recordar nada.
El chorrito de agua seguía bañando a la doctora (a quien llamamos LA TORTURADORA) que sin importarle ya el escándalo que iba a producir comenzó a gritar sin ningún pudor llenando de alaridos las salas contiguas. Temiendo lo peor, entró un doctor que no se explicaba lo que estaba ocurriendo: no entendía por qué quería poner a la señora un diente en la nariz, ni que hacían los dedos de la doctora en la boca de la paciente, ni el pié en el hígado. Bien es verdad que hoy las cosas avanzan que es una barbaridad, ¿pero tanto así?
Aprovechando la circunstancia y sin importarle un pito la paciente, tomó a la doctora por la cintura y le dijo al oído: "arrímese mi chinita y déjeseme llegar, que su marido no la quiere como yo". La doctora ante este ataque inesperado cogió el torno, puso en marcha la fresa y ataco al doctor clavándole en las gafas la lima que comenzó a echar chispas. Gladys comenzó a ver claro ante estas manifestaciones. El calambre hacía un rato que había pasado pero la doctora seguía con los dedos en su boca ¿cuál era el morbo?
Con toda serenidad se quito el aparato de la nariz, se acomodó el moño y la falda, sacó suavemente los dedos de la boca, que empezaban a darle náuseas y bajándose por la izquierda del sillón salió sigilosamente de la consulta dejando a la doctora con su "marido" haciendo batallitas con ambos tornos y el chorrito de agua.
Pensó que no debieran de llamarse odontólogos sino "sádicos colegiados" con permiso para torturar.
Yo creo que esos sistemas deben cambiar. Hay que inventar nuevos métodos.
Creo que en Rusia le sacan a uno el diente sin dolor, lo arreglan fuera y luego se lo vuelven a colocar. Eso ya es otro cantar.
Por esas razones expuestas anteriormente yo voy al dentista cuando el dolor de un diente me traslada a las nubes a ver las estrellas.
Gladys salió de la consulta con tres vértebras cervicales chafadas, el puente de la nariz desviado y un estado depresivo que la mantiene al borde de un colapso cerebral.
Más nunca volverá al dentista ... hasta que... de nuevo le duela un diente.
MATILDA
Eran las 7:35 y el tren de las 6:45 no había llegado. Pacientemente me senté en un banco a esperar. Había ya comido varios paquetes de maní, bocaditos de guayaba, zanahoria frita y susanitas en crema picante, 22 cafés y 24 aguas minerales. Mi estómago se resentía y deseaba acomodarme en el asiento del tren y echarme una siestecita.
Por fin..... con unos cuantos ruiditos raros y varios resoplidos, llegó el tren que me llevaría en un viaje de varios días hasta Moscú en una ruta directa. El mozo tomó mis maletas y las subió al departamento que indicaba el boleto. Prácticamente me dejé caer en el asiento, aflojé mi cinturón para prepararme para un viaje largo y tranquilo. Eso al menos me habían dicho en la agencia.
Cerré los ojos y empecé a soñar con MATILDA. A firmar un compromiso con ella iba a Moscú. MATILDA cubría todos mis sueños, mis ilusiones, mi futuro. MATILDA era........ no, no es fácil explicar en tan corto espacio tantas virtudes y tanta prodigalidad de esto y de lo otro.
La puerta se abrió suavemente y entró como si fuera un ángel una monjita. Yo siento especial debilidad por las monjas. Son tan.... monjas, que me vuelven loco. Para no turbarla la miré de reojo y me hice el dormido. La encontré tan fuerte subiendo y bajando maletas a la red que la dejé hacer mientras observaba sus finos tobillos y sus caderas un tanto anchas. Por fin se sentó en el otro extremo del asiento. Yo abrí los ojos y sonreí discretamente. Iba a decirle: "Madre ¿va a Moscú?" cuando su mirada me lanzó dos cuchillos afilados y fríos, así que me aturdí tanto que sólo puede balbucear; "Mami...... mosca".
¿Creen que hablaba en ruso? Eso creí yo también al escucharme. Mi frase causó en la monja un efecto devastador. Se llevó las manos a la cintura, se levantó de un salto y apoyó su espalda en la ventanilla sin separar su mirada de mis ojos. Tanta castidad me llenó de asombro y avergonzado pedí perdón.
La monjita daba señales de dominar las artes marciales, así que opté por volver a encogerme en mi lugar y cerré los ojos de nuevo.
A medianoche paró el tren, se abrió la puerta de mi compartimento y ¡oh! sorpresa, tres monjas más penetraron en él ¿qué tranquilidad podía yo tener en el "transiberiano" viajando y durmiendo junto a cuatro monjas que como les dije, son mi debilidad?. Ellas se daban codazos disimulados, cuchicheaban entre sí, me miraban de soslayo a mí y muy directamente a mi monja primera, sin atreverse a preguntarnos nada.
Mi monja con los ojos cerrados y las manos entrelazadas parecía orar.
La observé más detenidamente, debía de ser vasca pues sus dedos eran velludos y sus manos fuertes y anchas.
Noté con el transcurso de las horas que su cara se iba cubriendo de un velo oscuro, pero pensé que era efecto de la luz del amanecer. Como fuera, yo empezaba a sentirme extraño, subía y bajaba mis maletas, abría y cerraba mis bolsos, rompía las cremalleras y masticaba los bolígrafos que llevaba en la chaqueta, haciendo que tomaba notas urgentes mientras miraba al techo buscando explicación a mi inexplicable desazón.
Sentí tal sofoco que violentamente me arranqué la chaqueta, con tal "violencia" que con la manga arranqué la toca a la monja descubriendo una lustrosa calva. Sin más pensarlo se levantó y llevando las manos a la cadera sacó a relucir sendas pistolas. Yo de un salto me coloqué en la espalda de las tres monjas restantes que a su vez saltaron sobre la "monja calva" dejándola K.O. La hemos amarrado con sus propios hábitos y amordazado con la toca y la hemos escondido bajo los asientos para no llamar la atención de los inspectores mientras averiguábamos si era monja o....
Estamos "ojeando" sus documentos cuando un inspector abre la puerta. Mira una libreta, nos mira a nosotros... mira hacia el suelo y ve un pié saliendo de debajo de mi asiento. Mira mis pies, mira el otro pié y grita en ruso: ¡BOCHICHORNIA!. El pié se mueve y una voz femenina responde también en ruso ¡MAMI.... MOSCA!.
Al escuchar esas palabras las tres monjitas suben los brazos cayéndose los postizos del canesú y gritando con voces bien varoniles: ¡¡NOS ARRENDIMUS!!
El inspector toca un silbato y 5 kosacos armados hasta los dientes desenmascaran a las "monjitas" como agentes de la B.K.G. que buscan a una espía, viajera consetudinaria del tren transiberiano. Pregunto al inspector si sabe el nombre de la espía y me responde en alemán: Matilda Singer Bagen. He creído morir, he querido lanzarme del tren en marcha, he querido morder el tobillo de la monja calva que yace debajo del asiento. Le pregunto zarandeándole por qué dijo MAMI MOSCA y me explica que era la contraseña de acuerdo con el inspector para descubrir a Matilda. ¿A Matilda? ¿Pero quien es Matilda?
Yo, soy Matilda... Matilda Hideaway (en su rincón).
Yo había conocido a Matilda por INTERNET. Ella era única, llena de gracias. Esta última gracia yo no la conocía.
Cerré los ojos, me tiré al suelo y me metí debajo del asiento, con ella. Allí seguí hasta Moscú. Matilda se afeitó, se cubrió la cabeza con una linda peluca y nos fuimos tomados de la mano hacia su rincón secreto.
Sin decir adiós, a la mañana siguiente tome el transiberiano y me volví a mi país.
Llegué a casa y rompí en mil pedazos la computadora.
Prefiero a las monjas. Las espías me dan "grima".
"MÁS VALE MORIR DE PIE, QUE VIVIR DE RODILLAS"
"DOS Y DOS SON CUATRO,
CUATRO Y DOS SON SEIS,
SEIS Y DOS SON OCHO
Y OCHO DIECISEIS
Y OCHO VEINTICUATRO
Y OCHO TREINTA Y DOS,
ÁNIMAS BENDITAS
ME ARRODILLO YO..."
Las primeras estrofas son ciencia exacta... no hay discusión; en cuanto a eso de "me arrodillo yo".... ¡qué va!.
La última vez que me arrodillé estuve a punto de no poder ponerme en pie jamás; "jamás de los jamases"
Estaba sola en casa y se me ocurrió algo descabellado: hacer un pastel (¿Está el horno para pasteles?) Así que fui a buscar la tortera de aluminio que guardo en la parte baja del armario de la cocina, me arrodillé para sacarla del fondo, la tomé y... por Dios, ¿qué me ocurre?: mis rodillas no reciben la orden de levantarse; es como si no existieran, insisto, insisto varias veces... nada, nada de nada. ¿Me habré quedado parapléjica, patidifusa? ¿Me habré quedado...? si, me he quedado, me he quedado de rodillas para siempre si no hago un esfuerzo para levantarme a la mayor brevedad. Me agarro al borde del mueble para hacer impulso, pero ahora son mis brazos y mis hombros los que están sin fuerzas. Mis caderas están soldadas al tronco que no sirve para nada. Lloro por la impotencia y porque el teléfono suena y está fuera, en el salón, y podía ser mi salvación.
Gimiendo me tiro al suelo y voy arrastrándome en "cuatro patas", "cuatro patas" me suena feo: dejémoslo "a gatas", así recorro el pasillo, paso por delante del baño y se me ocurre agarrarme a los grifos del lavamanos. Afinco bien los codos...¡¡AHORA!!, violentamente caigo para atrás con los grifos en mis manos y un chorro de agua inundando la casa. Debo pedir ayuda pero temo al ridículo, así que me tiro al suelo y allí me quedo esperando... por poco tiempo, porque el agua cae ya por las escaleras como una catarata y pronto se darán cuenta los vecinos. Me concentro para usar todas mis energías positivas y sucesivamente voy sacando de su sitio la mesa de TV, la del equipo de sonido, arranco las cortinas ¡¡QUÉ DESASTRE!!. Pienso como harán las beatas para subir y bajar, arrodillarse y levantarse tantas veces con esas miradas místicas. Eso me prende el "bombillo". Encontré la solución para poder volver a mi estado erguido y quedar como las propias rosas.
Dada la ingenuidad de los feligreses puede que en poco tiempo me vean en los altares. Abro la puerta y me escurro de espaldas por la escalera hasta llegar a la calle donde ya esperan varios vecinos y los bomberos que me miran perplejos. Pongo una mirada de éxtasis y sin mirar a nadie en particular sigo de rodillas por toda la avenida, abro los brazos pidiendo ayuda para incorporarme, pero el público cree que es un gesto místico.
Me encamino hacia la iglesia con un dolor enorme en todo el cuerpo, me siguen los bomberos tocando sirena, medio pueblo me sigue cantando "motetes", los niños me tiran flores, los contrarrevolucionarios piedras (ellos siempre lanzan piedras).
En el pórtico de la iglesia me espera el párroco que, acostumbrado a estas manifestaciones, y más bien con un gesto rúspido, me toma de las manos y de un tirón me pone en pie. Todos aplauden y gritan ¡¡MILAGRO!! ¡¡MILAGRO!!.
Yo me salvé... por ahora.
Arranco para mi "house" donde me esperan como energúmenos, mi familia por la cuenta del agua, y los vecinos por la inundación de sus viviendas.
Estoy arruinada pero también glorificada. ¿Volver a ponerme de rodillas? ¡Jamás!
De rodillas físicamente, porque... anímicamente, gran parte de nuestra vida la pasamos en esa posición.
EL REGRESO DE MATILDA
Después de tres meses de haber borrado de mi disco duro a Matilda, a Gloria, a Gladys, a Melissa y a Miguelito... no, no asustarse; me refiero a Mickey, Mickey Mouse, con quienes había estado "interneteando", de pronto, una noche aciaga abrí el correo. Pero no fue el correo electrónico no, ojalá hubiera sido ese, y no el otro. Encontré un solitario sobre violeta. Despedía una fragancia entre "orégano orejón" concentrado y esencia de bergamota. Honestamente esos olores no me sugieren nada. Miré las cuatro esquinas, el remitente inexistente. Lo moví junto al oído por si traía alguna bomba oculta procedente de algún lugar lejano... Perdía el tiempo tontamente, ¿quién iba a atentar contra mí persona; un ser tan ingenuo y apolítico?
Conté las esquinas del sobre entre mis manos (una manía mía de contarlo todo) pero sin lugar a dudas siempre eran 4. Tanta regularidad también era sospechosa. Lo posé sobre la esquina derecha del lado izquierdo de la mesa del salón e instintivamente conté: 4 esquinas mas cuatro del sobre: ocho esquinas. Mi mente funcionaba por su cuenta: como siempre ocurre. Las ideas iban y venían, se entrecruzaban, se entrecortaban, vertiginosamente surgían imágenes, ideas, cantos, sensaciones... ¿qué pasará en esta pantalla del cerebro para mostrarnos a su voluntad mil cosas, a veces olvidadas, a veces incluso ignoradas?.
La suma de las esquinas me hizo recitar de pronto: "Cuatro esquinitas tiene mi cama, cuatro angelitos que me la guardan: Lucas y Marcos, Juan y Mateo..." pero esos no son " angelitos", si no estoy equivocado, ¡ellos son apóstoles!
Durante sopotocientos años recité eso sin más averiguación y la humanidad entera hizo lo mismo que yo. Si abro los ojos esperando ver cuatro angelitos y encuentro 4 caballeros barbudos y con atuendos extraños puedo morir y, como yo, cada uno de los mortales que hemos repetido eso día tras día y año tras año.
No cuestionamos nada o casi nada de las cosas que aprendemos de niños, de lo que aprendemos de mayores..., por eso vamos de tumbo en tumbo...
Miro el sobre... demoro su apertura por miedo a que sea algo malo y por prolongar la emoción de algo bueno...
La curiosidad me corroe las entrañas pero me controlo.
Quiero analizar esta morbosidad que me está aprisionando, y ¿por qué no decirlo? que estoy disfrutando pero me disperso sin remedio; no estoy para análisis... sin pensarlo más de un sólo impulso cruzo los 40 metros que me separan de la mesa del salón y con los dientes rasgo el sobre que sobre la mesa yace (¡qué frase!)
Dentro, una breve frase en una tarjetica rosada y perfumada: Llego mañana. Firma: ¡¡Matilda!!.
¡¡Mañana es hoy!!
Matilda... y yo en pantuflas; Matilda... y yo en pijama... Abro la nevera ya totalmente desquiciado por la misiva. La nevera contiene una jarra de agua, una rama de perejil y una lata de sardinas para gatos.
Mi casa está a 40 kilómetros del primer mercado ¿y el coche? ¿qué coche? yo nunca tuve coche.
Mi corazón late de tal forma que ostensiblemente se percibe a través de mi ropa.
¿Qué haré mi Diosito, qué haré? ¿y si mato al gato? ¡ya no hay tiempo!!. Están llamando a la
puerta... Corro al baño, me afeito el bigote, me corto las uñas con los dientes, me "trisco" los dedos uno por uno y luego de dos en dos... qué histerismo, qué situación más loca... meto las pantuflas en el bolsillo del pijama y en puntillas voy a ver quien llama.. me doy cuenta entonces de que no tengo bolsillo en el pijama, con el atolondramiento me quité la ropa de dormir pero no me puse otra..
Me flaquean las piernas... estoy viendo doble, doble, doble. Diríamos mejor triple. ¡Triple!!... es lo que en este momento necesito; un "triple" de millón y huir por la puerta trasera... ¡puerta trasera!... allá voy. Me cubro con el mantel de la mesa y salgo raudo...
¡No! ¡No! ¡No!
Abro la puerta ¿y qué encuentro? ¡al cartero que llamó tres veces!
Me sonrojo un poquito y le digo al oído: $ 100 por una pizza al instante. El cartero me arroja la cartera y sale disparado en su bicicleta.
Me visto rápidamente y me tranquilizo con el Mudra Bayau (pulgar e índice). Distraídamente paso revista a la correspondencia que dejó el cartero...
¡50 sobres violeta con olor a orégano orejón etc., etc.!
Abro 1, 2, 3, 21... todos dicen: Llego mañana. Matilda. Con diferentes fechas...
Mis vecinos idiotas me pidieron el E-Mail de Matilda hace 1 año para tener una excitante experiencia como la mía del transiberiano, y... suelto una carcajada que se me hiela entre los molares,... ¡¡frente a mi está Matilda que se ha hecho un trasplante de imagen!!
El cartero no ha regresado y yo siento un sudor frío cuando tomo la mano ardiente de esta mujer que había borrado de mi... computadora.
La llevo a la cocina. Abro la lata de sardinas a las que adorno con el perejil y mirándonos a los ojos las degustamos con placer. Matilda confiesa: "Estaba cansada de tanta pizza... tus amigos no tienen imaginación como tú".
Yo pienso: no es cuestión de borrar el disco duro y romper la computadora; lo que hay que hacer en estos casos es borrarse la vida. Cambiar de dirección.
MI CABALLO Y YO
Creo que mi mayor error ha sido prestar tanta atención a todos los que me rodean. A mí, ¿quién me consuela? ¿Quién interpreta mis tristezas? ¿Quién mira a mis ojos y sabe lo que pasa en mi corazón?. El iridólogo solamente; y es tan frío, tan aséptico, que lo odio, lo odio, lo odio... ni mi caballo a quien cuido con tanta dedicación es capaz de prestarme atención cuando le hablo ... ¡y mira que le cuento cosas a la oreja! Se sacude la cabeza como diciendo: no me interesan tus intimidades, ni tu vida, ni tu estado de cuenta, no quiero saber nada de tu vida loca... ¡Mi vida loca!... Trabajé 40 años como mayordomo de una dama de la alta suciedad, sin vacaciones, sin pagas extras, sin guantes blancos... sin esperanzas. Solamente una cosa me ayudó a soportar vida tan mísera: la ilusión de tener algún día una casita en una finca donde poder galopar con mi caballo lucero.
Mi jaca .... galopa y corta el viento... (dice la copla), galopar si galopa, pero cortar cortar... no corta, sólo araña. No obstante yo amo a ese animal, tanto es así que aquí voy aunque Uds. no lo crean con este caballo al hombro.
Se cansa tanto el pobre, que después de llevarme sobre él 3 horas "pico": (38º a la sombra) me ha mirado de reojo, me ha lanzado al suelo y me ha dicho con un relincho bien expresivo: Hasta aquí llegué, buen mozo. El me trata con esa confianza porque llevamos mal viviendo juntos, en la casa de la dama rica, un montón de años. Le he explicado que es un momento decisivo para nuestras vidas. El sabe que vamos camino de esa finca que he comprado en las afueras de las afueras. Un lugar divino donde no hay alma viviente que perturbe nuestras siestas con sus campañas electorales, ni con sermones desgañitados, ni con carreras pedestres... nada de ruido, nada de contaminación. Nos faltan sólo 600 Kilómetros para llegar y no vamos a rendirnos ahora. Así que me he puesto debajo de mi "Lucero", he pasado sus patas delanteras por mis hombros... y le he dado un empujón para ponerlo en su sitio. De nuevo iba a caer en la tentación de pensar en los demás a costa de mi tranquilidad, mi bienestar. Era el colmo de mi estupidez pretender cargar al caballo, Yo soy así: ¡Mayordomo es mayordomo! Acomodo la grama para que se tumbe el caballo y yo me recuesto a su lado para recuperar fuerzas. He colocado a Lucero mi sombrero para que no se asole demasiado...
Estoy sintiendome malito, algo malitín, muy mal... por Dios, yo tengo un "coup de soleil" que dicen los franceses, voy a morir de una insolación totalmente perpendicular. ¿Iré a morir en este desierto?
Me molesta ver al caballo totalmente despreocupado y le lanzo una patada delicadamente en los lomos... he perdido la noción del espacio, de las "distancias": comienzo a tratar al rucio de Ud. y permito que él me ponga la pata en el hombro.
Estoy ebrio de sol. El caballo más sobrio me toma con los dientes por el cinturón y me coloca en su lomo, yo le muestro el mapa que nos conduce a la finca y tomamos la carretera 930 MF, entre Pinto y Valdemoro... entre las reverberaciones de la carretera veo al fondo las montañas del Atlas desde la Avenida "Les Palmerais" de Marraquech... Esto no puede ser, me digo y me repito; me parece que Lucero se ríe entredientes, se carcajea...
Con un gran esfuerzo me incorporo y seguimos la ruta del sol ¿Cuantas horas caminamos? ¿Cuantos días con sus noches? Al fin estamos llegando a las afueras de las afueras donde hace un mes compré una tremenda ganga; por un precio irrisorio adquirí un tremendo solar de 200.000 mts2 , ¡el sueño de mi vida!, al fondo del camino veo el muro cubierto por la fronda. El portón cerrado, el corazón desbocado, el caballo caracoleando a mi alrededor... yo buscando en mis bolsillos la llave del candado. Suspenso.... ¿traje la llave? Si, ¡la traje en el traje! la tomo, la introduzco en la cerradura... tiemblo, me desmayo, me recupero, tengo el corazón "partio".... empujo la puerta, doy una nalgada a mi rucio para que entre raudo en nuestro feudo, él, retozón, echa carrerita... y ¡plom! ¿Qué es eso?. Tiembla el mundo, tiembla también el muro de mi propiedad y temblando también sale Lucero, con la cabeza rota y lánguida la mirada...
¡¡¿Qué está pasando Dios mío?!!
Introduzco la cabeza por la puerta; la saco precipitadamente, la vuelvo a introducir, la vuelvo a sacar... y comprendo que ese saca y mete no conduce a nada.
Me siento en el suelo y comienzo a sollozar tan violentamente que el pobre caballo también llora desconsoladamente. Cuando me sereno abro mi bolso y rebusco precipitadamente hasta que encuentro el documento de compra.
Allí está: ¡Allí! Craso error el mío. La "ganga" se convirtió en tremenda "estafa". Leí: "Terreno de 200.000 cmts2" (¡¡ cmts2 !!) ¡¡Mamá mía que tragedia!! Un terreno de 20mts2! ¡5 x 4 mts! ¡¡ 5 x 4 mts !!
Aquí estamos los dos llorando hace dos días en las afueras de las afueras en el sueño de nuestra vida.
Así son casi todos mis sueños...
LA HERENCIA
Bajó los dos primeros escalones y prendió la luz del sótano, echó una mirada de derecha a izquierda, de abajo hacia arriba, y...
¡Qué desastre! Pensó
Puertas sobre paredes, rejas de hierro, butacas viejas amontonadas, allá tirado un televisor, cajas, papeles... todo en un perfecto desorden.
Un calor sofocante cubrió su cuerpo de pensar que gracias a la falta de alma y valor de tía Marta había recibido una herencia suya consistente en una hermosa casa, que no podía ver porque todo, absolutamente todo, estaba exactamente fuera de su sitio.
¡Maravilloso! – comentó en voz alta – Tengo todo este zurriburri para mi sola, podré llevar y traer, buscar tesoros que con seguridad hay ocultos en cualquier parte de la casa. ¡qué reto!.
Que oportunidad para crear, destruir, destrozar,... ¡¡qué misión me deparó el destino!!
¡Este es un trabajo para Supermán!
Como buena "Piscis" ante los problemas, bostezó y se fue a dormir.
Veía en el sueño a su tía Marta mostrando una caja roja con tapa negra que señalaba y tocaba suavemente insinuando algo ¿pero que insinuaba?
Despertó. De un salto dejo la cama y afanosamente comenzó a buscar la caja roja con tapa negra, recorrió todas las habitaciones, desde el sótano hasta el altillo..., Encontró 327 cajas rojas con tapa negra.
Evangelina era presa de una gran excitación, le temblaban las manos y las piernas: un sudor frío cubría su frente y sus ojos giraban rápidamente en todas direcciones.
Planeó la acción a seguir : con una rapidez sólo superada por el "Concorde", subió y bajó, se deslizó entre los trastos regados por doquier, cayó, se rasguñó.
¿Qué importaba?
Antes de las tres de la tarde debía tener todas las cajas en medio del salón. Eran las 12:45. Los muebles, las alfombras, los obstáculos eran impedimento para trasladar las cajas con rapidez.
¡A la carga! Gritó.
¡A la carga, Evangelina! - gritó de nuevo.
Y ni corta ni perezosa, Evangelina que tenía 77 años, "artritis mayúscula" en el hombro izquierdo, "meniscos saturados" en las dos rodillas y una "encefalitis letárgica" en grado sumo, pero una fuerza de ánimo bravísima, empezó a acarrear todos los muebles y a bajarlos al sótano para dejar libre el camino en la casa.
Cuando ya todo estaba trasladado, serenamente fue acomodando las cajas en el salón.
Era la 1:45
Contó las cajas: 317.
¿317? ¿Que cifra engañosa es esa?, ¡faltan diez cajas rojas!
Se sentó a meditar, y con disimulo también a descansar.
Pensó y pensó...:
Si la casa esta vacía tiene que estar en el sótano...
...¡¡El SÓTANO!!!... ¡Ay, Señor de los Tormentos!.
Se quitó el reloj de pulsera que le estaba molestando, y sin pensarlo más, comenzó a sacar todos los trastos que iba colocando en el jardín.
Eran las 2 y 10
Subió las cajas, las diez cajas que estaban en el sótano, al salón.
327 cajas entre 50 minutos sale: 6,5 cajas por minuto que tenía que abrir.
¡¡ IMPOSIBLE!!!, Gritó desesperada.
¿Que importaba que terminara a las tres o a las diez, pero no, Evangelina además de Piscis, era "mula" ¿que haría?
En estos casos se termina diciendo: la solución en el próximo número.
Pero no es justo, porque Evangelina no puede con la curiosidad. Tomó la caja más grande y la echó a rodar. Se abrieron 5.
Miró desaforada, en una había fósforos usados en cantidades industriales. La segunda contenía cuchillas de afeitar usadas, con fechas desde 1898 hasta 1999, el año que que murió la pobre tía Marta. La tercera cabos de vela, tacones viejos, chapas de refrescos, palos de escoba, bastones de paraguas, sartenes sin mango, mangos sin sartenes, salsa de tomate que expiró en 1910, frascos vacíos, tornillos roñosos, herramientas rotas, un tiburón disecado, dos cucarachas muertas, una merluza frita... El salón se llenó de nuevo de porquería. Comenzó a llover. Eran las tres menos 5 minutos...
Evangelina tenía ya un infarto en camino, y una caja de fósforos en la mano. Tomó todas las cajas abiertas y sin abrir y las sacó al jardín...
Con mano temblorosa prendió un fósforo porque también se le había "prendido el bombillo";
Tía Marta era ciega, ¡Ciega total! ¿Como sabía que la caja era roja, o verde o amarilla?
Avanzó hacia los trastos del jardín y prendió algunas cositas ligeras que extendieron sus llamas por toda aquella mugre.
Se sentó justo a las 3:00 en las escalerillas de la entrada. Se arrancó el infarto que había empezado a atenazarla y lo botó también a la hoguera.
Cuando todo terminó en cenizas entró en la casa.
La casa vacía era divina. Miró al cielo y agradeció a tía Marta.
Miró por la ventana del salón... entre los rescoldos del fuego se veían sobresalir varias cajas que rápidamente contó: 322.
¡¡ 322 cajas rojas con tapa negra milagrosamente salvadas por ser de material indestructible !!
El infarto también iba saliendo de las llamas para volver a acomodarse en el pecho de Evangelina...
La vi bajar lentamente al jardín, aproximarse al fuego... abrir caja por caja, llorar, reír, sufrir... MORIR.
Las cajas contenían libros, La Divina Comedia, La Critica de la Razón Pura, las obras de Platón, El Quijote, Shakespeare, Santo Tomas de Aquino, Pablo Neruda, García Márquez, Mortadelo y Filemón, Séneca, los cuentos de D. Haro, el Boletín Semanal de Río Chico... Todo lo que un ser culto quiere poseer. Los abría, uno por uno, y la veía llorar, luego bendecir, después maldecir... poco a poco la vi languidecer y al fin caer con los ojos desencajados, la boca torcida y los dedos crispados en posición de estrangulamiento... me aproximé a observar el motivo de tanta teatralidad...
¡¡¡ Por Dios Bendito!!!.. ¡ Qué Dios me perdone !!, pero tía Marta no sólo era ciega, sino sádica, morbosa, peeerrrverrrrsa...
Los libros eran de utilería. No tenían nada escrito, ¡¡Solamente los lomos!!.
Entré en la casa, trasladé los 3.200 hermosos libros que coloqué junto a las paredes. ¡¡ Hacían tan bonito !!
Ávidamente intenté leer alguno de esos tesoros que nunca pude comprar, y mi rabia fue mayor que la de Evangelina, pues yo sí tengo ambos ojos.
Tengo los puños de la camisa desgarrados por mis dientes. Estoy en silla de ruedas y pido sin cesar que me traigan las obras completas de Víctor Hugo o el número 35 del "Boletín Semanal" para calmar mi espíritu de lector frustrado y burlado.